Crecer como héroes

El programa «Ítaca», del Instituto Asturiano de Atención a la Infancia, es el último tramo del viaje hacia la edad adulta y la independencia de los niños que crecieron en centros de menores.

Abdel Ouassour, María Álvarez, Fátima Talhi, Aguib Samakane, Thalía Palomero, Álex Rodríguez y Esther Santiago. Son nombres de ganadores, de hombres y mujeres que se crecen ante las adversidades y saben salir adelante contra viento y marea, que ven la oportunidad y se lanzan a por ella. Héroes. Abdel, 19 años, atravesó Marruecos, desde el sur, con un amigo, no quiere ni recordar el viaje, resopla y calla cuando piensa en lo mal que lo pasaron. María, 23, asturiana, vivió durante años en un centro de menores, fue duro, durísimo, pero ahora piensa que, probablemente y dadas sus circunstancias, fue «lo mejor que pudo suceder». Fátima, 19, salió de la casa de su abuela en Marraquech para reunirse con sus padres, que habían emigrado tiempo antes a España, las cosas se torcieron y acabó en el sistema de protección de menores. Aguib, 19, llegó de Malí, su madre había muerto y él decidió viajar a España buscando un futuro mejor, hace unos meses le llegó una orden de expulsión que finalmente no se llevó a término. Thalía, 21 años, de Asturias, tomó, por iniciativa propia, la decisión de ingresar en un centro de menores, y siente que los educadores y los compañeros que encontró en él son su familia. Álex, 18 años, también asturiano, jamás imaginó verse en la situación por la que pasó y en la que está, y prefiere no hablar de cómo llegó a ello. Esther, 21, asturiana, ingresó en el sistema de protección de menores a los dos años, y ahí siguió hasta su mayoría de edad.

Todos han pasado por alguno de los ocho centros de menores públicos que hay en Asturias o por los centros y pisos que la Administración gestiona en colaboración con entidades de ese ámbito. Todos cumplieron los 18 años en alguno de ellos. Tienen eso en común y el haber dado prueba de tener entereza y determinación, han estudiado, se han formado profesionalmente y algunos ya han podido acceder a un empleo. Cada uno ha salido adelante como mejor supo y pudo. Sin una familia que cuide de ellos, pero no solos. El Instituto Asturiano de Atención a la Infancia del Principado los tutela y los protege en sus centros hasta los 18 años. Cuando llegan a esa edad les sigue acompañando -si es que ellos lo quieren- en su transición a la vida adulta, a través del programa «Ítaca». Ese es el nombre de la patria y el hogar del héroe en el mito clásico, adonde logra regresar tras una larga travesía y escapando de muchos peligros.

Víctor García es el coordinador del programa. Marta del Arco, la jefa de sección de centros de menores de la Consejería de Servicios Sociales. Ambos explican que en Asturias a los adolescentes que alcanzan la mayoría de edad dentro del sistema de protección «nunca se les ha echado a la calle» al alcanzar la mayoría de edad. «Ítaca» es la consecuencia de la legislación que regula el sistema de protección de menores, una ley que data del año 2015, y que recoge específicamente la obligatoriedad de las administraciones públicas de sostener y velar por los chavales en ese tránsito.

«Ítaca» es un programa voluntario, al que se acoge el 95 por ciento de los menores que se hacen adultos en un centro del Principado. Cuando entran en él obtienen «apoyo socioeducativo» para dar esos últimos pasos hacia la emancipación. Los aspirantes superan un proceso de selección, con encuentros y entrevistas con los técnicos del Instituto de Atención a la Infancia. Deben someterse a valoraciones trimestrales y la Administración corre con sus gastos de alojamiento, de formación y con las tasas universitarias, el transporte, los gastos médicos y también les da una asignación mensual, de 250 euros, que ellos deben aprender a gestionar. Deben justificar todos y cada uno de sus gastos.

La relación entre los jóvenes y la Administración, personificada en los técnicos del Instituto de la Infancia, no es fría ni burocrática, pese a tanto requisito. Al contrario. Hay tutorías a menudo; acompañamientos, sobre todo con los chavales extranjeros, que deben resolver enrevesados trámites para regularizar su situación; hay un grupo de Whatsapp permanentemente activo; un teléfono operativo; incluso un psicólogo para quien lo necesite. En estas semanas de confinamiento por el covid-19, el programa ha seguido su curso, con las restricciones impuestas por el estado general de alarma. Los chavales que estudian se han tenido que adaptar a las nuevas circunstancias, como el resto de sus compañeros, y los que estaban buscando trabajo han tenido que hacer un paréntesis hasta que el mercado laboral se reactive.

Marta del Arco explica que «Ítaca» tiene un objetivo claro: «Que alcancen la emancipación y la autonomía, que sean capaces de decidir sobre sus vidas». En ese viaje «tienen derecho a equivocarse», señala, a corregir errores y replantearse su destino, si lo consideran necesario. Pueden reconducir su formación, si lo creen conveniente, o explorar campos profesionales que no eran los que inicialmente les interesaban.

Los chavales dicen que en los centros de menores todos saben qué es «Ítaca», que valoran la oportunidad que les ofrece y que la inmensa mayoría de ellos solicitan ingresar en el programa. Comentan que algunos de sus compañeros que desecharon esa posibilidad, ahora se arrepienten de no haberla aprovechado.

A día de hoy, Abdel y Aguib tienen un puesto de trabajo comprometido, su contratador solo espera a que regularicen su situación legal en el país. Abdel está aprendiendo español, ha cursado una FP básica y tiene un certificado profesional; en cuanto arregle los papeles entrará a trabajar en una sidrería del grupo Crivencar, una de las empresas asturianas que colaboran con este programa. Comparte casa con dos amigos y aspira, algún día, a abrir su propio negocio. Aguib ha obtenido dos certificados como especialista en mantenimiento de equipos eléctricos y en cuanto complete los trámites legales empezará a trabajar en una empresa de seguridad; está teniendo problemas con la burocracia, porque su país, Malí, no le emitía el pasaporte. El día que fue a buscarlo a Madrid tuvo que dormir en la calle. Él se muestra confiado en el futuro: «Sé que todo irá bien», y sus educadores comentan que el optimismo y la paciencia son grandes virtudes que adornan a Aguib.

María está matriculada en un grado en Comercio y Marketing, a punto de acabarlo. Siempre pensó que su única opción de salir adelante era estudiar. Reside en un piso de estudiantes y dice que, a pesar de las circunstancias, pensó «siempre en positivo». «Estoy satisfecha con mi vida», afirma.

Thalía cursa un grado en Educación Social, comparte piso con otra chica del programa y reconoce que sintió «miedo al salir del centro de menores: te las tienes que apañar tú sola». A ella, cuando acabe su formación, le gustaría trabajar en una institución como en la que ella creció, ayudando a los chavales que pasan por una situación que ella ya superó.

Fátima ha trabajado como dependienta en una tienda del grupo Inditex, otro de los colaboradores del programa, ahora se está sacando el carné de conducir y, en cuanto tenga cierta estabilidad económica, quiere visitar a sus abuelos en Marraquech: «Ellos siempre me dicen que están orgullosos de mí». Cuenta que echa de menos a su madre, sobre todo cuando se pone enferma. Recuerda muy bien el mimo y el cariño con el que la cuidaba.

Álex y Esther son tímidos: él estudia Informática en Mieres y pasado el tiempo reconoce que adaptarse a la vida en un centro de menores «no fue tan difícil como pensaba»; ella trabaja en una empresa de limpieza y está contenta, pero quiere ampliar su horario laboral para tener más ingresos y, consecuentemente, más autonomía.

Para llegar aquí, mientras la mayoría de los adolescentes y jóvenes bajo el techo paterno y cobijados por la familia, todos ellos han hecho un largo viaje, comparable al del héroe griego. Han atravesado muchas tempestades y miran con confianza al horizonte. El director del Instituto Asturiano de la Infancia, Carlos Becedoniz, se siente orgulloso: «Ellos son la prueba de que el sistema funciona».

La Nueva España, 16 de mayo de 2020