Ovidio Menéndez Villar: In Memoriam

✝ Ovidio Menéndez Villar (1957-2021)

Había nacido en Sama de Langreo, en 1957, de donde, por mor de la profesión de su padre, químico, hubo de marchar a Madrid hasta la muerte de aquel, que regresó a Asturias, en esta ocasión a Oviedo, donde ya permanecería hasta su muerte: aquí estudió, primero con los Maristas a los que hay que agradecer el acierto en completar los buenos fundamentos que en el seno de una familia numerosa, siete hermanos, le habían inculcado, después a la Universidad  donde hizo derecho, ejerció brillante y honestamente su profesión y, sobre todo, formó una familia con Covadonga, mujer discreta donde las haya, y sus dos hijos: Ovidio y Miguel a los que, por cierto, fue a la Compañía de Jesús a quien le correspondió la responsabilidad de apoyar y reforzar las grandes lecciones que en la escuela familiar aprendían, y ahora de poder seguir disfrutando de ellos.

En mí ya dilatado discurrir apostólico por unos sitios y otros, uno ha podido hacer muchas cosas y ahí quedan, pero éstas a medida que el tiempo pasa se van enflaqueciendo en el recuerdo, pero no así las personas especialmente la de algunas que, por el contrario, grabadas como quedaron en el corazón la lejanía no las enflaquece, sino que el recuerdo te la hace más presentes y las agranda, y eso es exactamente lo que me pasaba a mí con Ovidio Menéndez Villar: cuanto mayor era la distancia física más fuerte era su presencia en mí corazón. Seguí el proceso de su enfermedad, estaba pendiente de los reconocimientos periódicos y de la novedad de los tratamientos y se anidó en mi la esperanza; 15 días antes de morir me llamó porque quería mi dirección postal, y no percibí ni en su ánimo, sereno como siempre, ni en su salud lo que 15 días después me anunciaba Ovi: está ingresado y ya sedado, para pocas horas después anunciarme su muerte. Me entristecí mucho y con dolor, debido a las restricciones sanitarias, no pude hacerme presente en su entierro; quiero, no obstante, con estas letras honrar su memoria, agradecer el mucho bien que me hizo, su sabia y generosa entrega a una obra de la Compañía de Jesús, la Fundación Hogar de San José, y enviar un puñado de ánimos a su mujer Covadonga, a sus hijos Ovidio y Miguel y demás familia, así como al Patronato de la fundación Hogar de San José. Voy a subrayar algunos matices de tres dimensiones: la persona, el profesional y el creyente.

La persona. Permitirme una anécdota: El otro día me decía una persona que si seguía diciendo que Dios no crea adefesios,  que eso es lo que, parece, que  yo dije en cierta ocasión en unos ejercicios espirituales que di y en los  que estaba esa persona, pues si eso dije estaba en lo cierto y sí, lo sigo pensando, sobre todo porque el modelo que tuvo para crear al hombre fue el de su Hijo, Jesús, del que Ovidio hizo buen acopio. Basten estas pinceladas: estar con él siempre resultaba agradable, hacia fácil la convivencia, disfrutaba de la naturaleza y de las cosas pequeñas, no olvidaba la partida de mus con los amigos, creo que los martes, derrochaba  bondad a raudales, de muchas maneras, pero especialmente en  la Fundación P. Ferrero de Oviedo primero, a la que llegó  por invitación de su presidente, D. Alfredo Flórez y que seguiría después cuando la Fundación  P. Ferrero y el Hogar de San José de Gijón se fusionaron para crear la actual Fundación Hogar de San José, donde por cierto, su presidente actual es D. José María Flórez, hijo de D. Alfredo,  y con quien en tan buena entente trabajaron. No andaba exento de una sabia inteligencia que administraba con gran sencillez, e hizo del servicio emblema de su vida ¡30 años! apuntalando una Fundación que tiene como destinatarios a los más vulnerables, sin otro interés que no fuera el del servicio consciente, competente, compasivo y comprometido, aunque le sobraban tantos adjetivos, le bastaba el ejemplo de un tan Jesús de Nazaret abajado y lavando los pies a sus discípulos, sirviendo así, de esta manera, y esto hecho con humor, sencillez y con la sonrisa constante en sus labios; todavía enfermo siguió un par de años como secretario del patronato, un servicio, pues, con la rúbrica de la fidelidad  ¡No me digan que no estaba bien hecho! Como decía Ovi en su funeral: ”¿Cómo no creer en un amor de Dios con este ejemplo? Esa persona que me interpeló se olvidó de recordar la segunda parte que también debí decir: que algunos nos empeñamos en estropear la obra de Dios y  parecemos eso: adefesios.

El profesional. Ya otro compañero del ramo, Pablo Mori, con quien compartió durante 20 años despacho, y que ahora es miembro de la Junta de Gobierno  del Ilustre Colegio de la Abogacía de Oviedo, destacaba la excelencia de esta  dimensión el otro día en la prensa local, suyas son estas “momentos, dice el compañero, absolutamente todos llenos de optimismo, frescura e ilusionado esfuerzo”. Y esa es precisamente la experiencia que yo tengo, sobre todo, de las reuniones de patronato, de la laboriosidad y exactitud de sus actas, de sus clarividentes intervenciones, de sus preguntas acertadas, sabios eran sus consejos y  atinadas sus matizaciones. Como Delegado de la Compañía de Jesús en Asturias mi relación profesional no solo se redujo al Hogar de San José, sino a otras y variadas consultas que tanto nos esclarecieron para acertar en las decisiones. Siempre sabía que estaba ahí, “presto y diligente”. Mi más hondo y sincero agradecimiento

El creyente.  Y ha sido en esta última etapa de su vida, precisamente en su enfermedad, cuando yo descubrí más la hondura de su fe. Recuerdo una anécdota: ya aquí, en Salamanca de vez en nos llamábamos por teléfono, en una de ella me contaba el nuevo tratamiento que iba a seguir y yo le comenté: “tengo el pálpito que este va a ser el de la cura definitiva”. Le hizo gracia lo del pálpito, para a continuación comentar: “ojalá que así sea, pero por si acaso tu pálpito no se cumple, habrá que aceptar lo que venga, estamos en manos de los médicos y en las de Dios” Y esto dicho con enorme serenidad, con la paz del que tiene esa fe arraigada no en doctas teologías,  sino en la sabiduría de los sencillos  de corazón. Dos imágenes tengo muy presentes en mí retina: una corresponde a los primeros compases de la enfermedad, era el día de la Jira al Monte Naranco, a los pies del Sagrado Corazón, yo presidía la Eucaristía, y en un momento pude apreciar su presencia  con Covadonga y Ovi, allí estaba fiel a la cita,  luego me contaron que la subida le había sido dura, necesariamente muy lenta, con sufrimiento, pero llegó; la otra, es a las 7,30 de la tarde, en la Iglesia del Sagrado Corazón, arriba, en el crucero de la derecha, en el banco primero, ocupados todos los días por una pareja: ¡Covadonga y Ovidio!. Sin duda ninguna para pedir la salud, pero también, estoy seguro, para disponerse, como él me dijo, y aceptar lo que viniera. Y esto me recuerda la reflexión del Papa Francisco que hay más santos de lo que parece: “los santos de la puerta de al lado”.

Fin de la semblanza. Sin duda alguna vez nos oíste hablar, querido Ovidio, de que la misión hay que compartirla, que laicos y jesuitas servimos a la misma misión, la de Jesús, no es fácil, pero con gente como tú no solo resulta fácil sino hasta placentero; yo no sé si yo te he aportado algo, creo que sí, pero tengo mucha más seguridad en lo que tú me has aportado a mí. Gracias, Ovidio, amigo, y como dice el Papa reza por nosotros.

(Semblanza elaborada por Inocencio Martín SJ)